Cesárea después de inducción de parto: cómo nacieron mis primeros gemelos

Antes de que leas mi primera experiencia de parto, una cesárea después de  inducción de parto, quizás te puede interesar antes leer el post donde hablo de los partos de gemelos.

Una de los motivos del aumento del número de cesáreas en el mundo es precisamente haber inducido un parto.

En el caso de gemelos, la cesárea es una forma muy frecuente de finalización del embarazo. Yo no quería que mi parto acabara así, con una cesárea. Durante 37 semanas me preparé para vivir un parto de gemelos, pero nunca lo suficiente para vivir una cesárea. 😥 


cesárea después de inducción de parto

Inducción del parto

La información que tenía sobre la inducción del parto era muy pobre. Sabía que era frecuente que en los partos de gemelos hubiera que practicar una cesárea, pero no que se pudiera provocar un parto.

Algo que quiero destacar es que toda la información que me dieron en el hospital fue verbal, nadie me explicó nada de los efectos secundarios que tenía este procedimiento en concreto, ni me dio a firmar ningún consentimiento informado, mi  marido firmó un documento muy general al ingreso, pero nada específico.

Solicita que todo lo que te van a hacer durante la gestación y el parto sea por escrito y estudia con cuidado todo antes de firmarlo. Una inducción de parto tiene riesgos importantes a considerar.

A fecha de hoy nunca llegaré a saber qué pasó totalmente, pero gente maravillosa en un foro llamado Apoyo Ceśareas, me ayudó a entenderlo mejor.

Como muchas madres antes de un parto programado ese lunes 16 de octubre de 2000 amanecí  alegre porque por fin iba a conocer a mis hijos, y también llena de miedo porque no quería que aquello acabara en cesárea.

El tipo de parto  había sido un interrogante después de las últimas  semanas ingresada y al final estaban los dos en cefálica, parecía que teníamos un punto a nuestro favor.

Los ginecólogos me aplicaron la primera dosis de  prostaglandinas sobre las 10.00 de la mañana.

La prostanglandina es una sustancia humana que afecta al funcionamiento de muchos sistemas del organismo.

Hay diferentes tipos y cada uno produce una respuesta diferente. La prostaglandina de tipo PGE2 es la que produce efectos en el sistema reproductor, concretamente en el útero de la mujer provoca contracciones uterinas, dilatación y borramiento del cuello del útero.

Las primeras contracciones se hicieron sentir enseguida.

Me pusieron el monitor y empezó a registrarse enseguida el latido de uno de los bebés y las contracciones. En mi caso no fue un registro simultáneo de los dos gemelos, lo que me dejó un poco intranquila.

Alternaban la posición del cinturón para ver el latido del otro bebé cada cierto tiempo.

Como no había suficiente con una dosis solamente me aplicaron un segundo gel y de paso aprovecharon para explorarme.

Fue muy doloroso porque a pesar de las contracciones que tenía no estaba de parto aún, el cuello del útero posiblemente estaba aún muy posterior y ni había empezado a dilatar.

Antes de finalizar el tiempo de reposo prescrito tras la administración no puedo aguantar más y tuve que ir al baño. Allí la bolsa amniótica del primer bebé se rompió. Cuando rompes aguas normalmente hay que fijarse que el líquido amniótico es claro, y habitualmente cuando sucede se aceleran las contracciones y el dolor. Todo estaba bien.

Empecé a dar vueltas por la habitación, intentando ponerme de diferentes posturas porque el dolor iba aumentando, sobre todo en el lado izquierdo, y no se aliviaba con nada, ni con respiraciones ni nada.

En algunas contracciones era desesperante, hasta que empezó a ser continuo. Parece que por fin estaba de parto.

Todo tiene su tiempo

Llegaron las diez de la noche. El guardia de seguridad obligó  a uno de los dos acompañantes  a abandonar la habitación y mi marido le cedió el sitio a mi madre, que me masajeaba la espalda intentado aliviar mi dolor.

Me hubiera gustado que se quedara él, pero el olor que había quedado tras romper aguas le parecía desagradable y prefirió dejar a mi  madre.

De vez en cuando venía la matrona, ponía el monitor de nuevo y me exploraba. Entre tacto y tacto yo seguía viendo las estrellas, no había borrado el cuello del útero y apenas tenía dos centímetros dilatados.

Yo no entendía mucho, pero ella se supone que sabía y la preocupaba que mi trabajo de parto fuera  tan lento.

Le pedía a mi madre que por favor no llamase a la matrona de nuevo, que no quería que me tocara otra vez, que hacía mucho daño. La siguiente vez que volvió me puso un algo para descansar y dormir. Supuse que el parto iba a ser largo.

La matrona seguía confusa,  sin entender porqué no dilataba con aquella dinámica. Quizás es que todo lleva su tiempo.

Sobre las cuatro de la madrugada del día 17 me vino a buscar el celador para llevarme a dilatación.

Sala de dilatación común

Entonces en Santa Cristina no se llevaban las salas de dilatación individual. En aquella sala había cinco mujeres más, pero me sentía más sola que nunca sin mi marido ni mi madre.

Me costó un triunfo subirme a la cama  con  aquellos dolores y la tripa inmensa. No recuerdo que nadie me ayudara.  Se apresuraron a rasurarme y a ponerme el enema, ellas hacían, y yo medio catatónica por los dolores ni me enteraba.

Al explorarme  la matrona refiere que sólo tenía dos centímetros de dilatación. Parecía incómoda con mi presencia.  Se supone que era un parto de alto riesgo al ser gemelos.

Yo estaba muy cansada ya de tanto dolor sin descanso y todavía me quedaban ocho centímetros para completar la dilatación, y al ritmo que llevaba con aquel dolor no tuve opciones de prescindir de la epidural.

Ese dolor tan asqueroso durante todo el parto era una ciática porque seguramente alguno de los gemelos, sospecho que por la posición de FJ.

Recuerdo al anestesista, un argentino muy grandón que finalmente me tuvo que pinchar en dos ocasiones, porque se debió salir el catéter después de la primera punción.

Sentí la epidural correr por mi espalda y sentí una agradable sensación cuando desapareció el dolor.

Durante todo aquel tiempo las rutinas se sucedieron una detrás de otra. Goteo de oxitocina, antibioterapia, registro interno para el primer bebé y externo para el segundo.

Me relajé, dormí a ratos, me fueron explorando cuando les pareció, dieron distintas versiones sobre las medidas y llegó la mañana, y con ella un nuevo día, y yo sin acabar de dilatar.

Durante las primeras  horas estuve acompañada por otras madres, pero todas fueron pasando al paritorio y tuvieron a sus bebés.

Me quedé en soledad, con la matrona que había cambiado el turno ya. Entró mi marido, que cuando le llamaron se esperaba que ya había llegado el momento del parto. Fue poco tiempo, mientras seguí dilatando lentamente.

Entró un médico, y luego otro doctor diferente.

Cesárea después de inducción de parto

Eran casi las 18.00 horas del 17 de octubre cuando el tiempo presagiaba cesárea. Me acerco a los 9 centímetros y me emociona saber que pronto se acabará todo y podré abrazar a mis hijos.

Me informan que el segundo gemelo está transversal, y es probable que pueda pasar por un parto natural y una cesárea.

Siempre hay que intentar un parto vaginal porque es mucho mejor para la mamá y para los niños. Finalmente llego al 10 cm aunque con un reborde.

Me desconectan de la máquina del registro y me llevan con la camilla al paritorio. Me preparan,  me suben en el potro y me lo elevan hasta quedarme casi sentada.

Me indican cómo debo agarrarme a los estribos y pujar a la indicación del doctor, pero yo siento las contracciones a pesar de la epidural y me dicen que si las siento que puje cuando las sienta.

Me avisan de la primera contracción y pujo, empujo, empujo, me dicen que pare, viene otra, la siento, pujo de nuevo, empujo.

De repente se escucha “¡Para, no empujes, más! El bebé no apoya, hay que hacer una cesárea.

Lo que recuerdo a continuación es solo llanto, y a mi marido en la puerta del paritorio y al médico decir:  Que se despida del marido y al quirófano”.

Mi marido me consuela, le siento abatido y  preocupado. Creo que tiene lágrimas en los ojos, apenas ha estado observando todo desde la puerta hasta ese momento.

Me llevan al quirófano y me preparan. El  quirófano se ha convertido en un circo con tanta gente: anestesista, ginecólogos, neonatólogos, matrona, etc.

La anestesista me va explicando lo que hacen en todo momento.

Las sensaciones son extrañas, molestas, con muchos tirones. Al primer vacío que experimenta mi cuerpo oigo a RC llorar.

Hubiera dado todo por verlo en ese momento, porque alguien me lo hubiera mostrado tal cual era.

Al segundo vacío que experimenta mi cuerpo oigo llorar a mi FJ. “Este es más pequeño, pero que ojos tiene el jodío”, dice el cirujano, pero tampoco me lo enseñan.

Conforme pasan los minutos me atonto, me enseñan por fin a RC, pero como estoy atada, no puedo abrazarle. Le beso, pero sin gafas y con miopía apenas  puedo distinguir muy bien su belleza. No pude ver a mi FJ porque caí rendida por el cansancio y la epidural.

RC nació con 2.440 gramos y FJ con 1.595 gramos.

El ecógrafo se equivocó casi en medio kilo. Eran más pequeños que lo que esperaban.

Necesitaron asistencia neonatal por necesidad de observación y bajo peso. Me separaron y no los volví a ver en 24 horas.

En esos días dije que no volvería a tener más hijos para sufrir así de nuevo, con otra cesaŕea. Me equivocaba. 😆 

Te vuelven las ganas y no lo puedes evitar. Intenté sacarle la espina con los segundos, pero si este me salió torcido, el segundo me salió peor. Te lo cuento aquí.

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